Alberto, Voluntariado e Idioma en Sudáfrica: «La mejor experiencia de mi vida»

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Mi vida ha vuelto a la calma, hace dos meses que regresé de un lugar especial, de una aventura diferente, esa a la que siempre defino como “La mejor experiencia de mi vida”. Ahora reposo aletargado en la rutina de un país vacío de oportunidades, una tierra que trata de arrástrame en esa impotente depresión que percibo desde que he aterrizado, pero Sudáfrica se ha encargado en seis meses de insuflar en mí una mentalidad luchadora. La virtud de aquel al que la vida zarandea y sólo devuelve sonrisas. Esa magia que se respira en un país castigado por su historia, por sus políticos actuales, por unas riquezas naturales que no disfrutan… pese a esas realidades, son capaces de mirar hacia el frente para buscar la felicidad y, lo que es más importante, la de aquellos que atraviesan en su camino.

Yo he sido uno de aquellos blanquitos europeos que ha llegado a ese cruce. Sin mediar pregunta alguna me han abierto su casa, he comido con sus familias y he sido su objetivo principal: conseguir que mi cara luciera una sonrisa. Nunca olvidaré a aquellas personas que sin conocerme me incluyeron como a uno de los suyos: mis partidos eran sus partidos, mi bebida era su bebida y las ilusiones se encontraban.

Aún recuerdo como mis sonrisas y lagrimas por algo tan banal como un equipo de fútbol lo hacían propio. Saltaban y cantaban junto a mí con los goles del Atleti, sin apenas conocer el color de las rayas colchoneras, apretaban los dientes ante las acciones fallidas. Yo fui, y seré por siempre, un sudafricano más y ellos se convirtieron en auténticos rojiblancos sin saber apenas lo que significaba.

Hoy contemplo con nostalgia el tiempo vivido en ese país que me ha cautivado, pero a la vez, mi felicidad es plena con cada uno de aquellos recuerdos. He tardado en plasmarlos sobre un papel vacío. Cada vez que trataba de enfrentarme ante la prueba del recuerdo era incapaz de hilvanar palabras, el abismo del folio en blanco me ahogaba con una facilidad inusitada. Pensaba en las noches sudafricanas cuando me retiraba a descansar, antes de cerrar los ojos llegaba mi momento de inspiración y las páginas de mi blog (www.alfinyalcabotown.wordpress.com) se iban llenando solas. Ahora las sensaciones eran totalmente opuestas, los párrafos no se completaban y la impotencia se apoderaba de mí. No entendía como mi mejores compañeros de viaje, un papel y un boli, ahora se convertían en un enemigo que bloqueaba mis ideas.

Desatado del yugo de la melancolía, las letras se enlazan con más facilidad. Ahora puedo contar aquellos días en el colegio de Ottery Road Methodist School junto a unos pequeños que tan solo reclamaban un poco de afecto, o las mañanas en Khayelitsha, el ‘TownShip’ más grande de Cape Town, organizando torneos de fútbol para unos jóvenes en riesgo de exclusión social que no entendían como alguien se podía interesar por ellos, por matar su tiempo, por ayudarles a florecer sonrisas. Al final comprendieron que realmente eran ellos los que me estaban ayudando a mí: me hicieron sentir seguro y muy cómodo en el rincón más peligroso e inhóspito de Sudáfrica, según dicen las encuestas, me enseñaron el valor de las cosas, me integraron sin tan siquiera pedirlo, me enseñaron su cultura e hicieron que vivirá un tiempo único.

Podría pormenorizar cada uno de los momentos vividos durante esos seis meses mágicos pero este artículo sería difícil de finalizar, por eso os invito a bucear en mi blog. Lo que no resisto volver a contar es el momento más mágico que he tenido en este viaje y quizá en mi vida.
Un cúmulo de casualidades me plantaron en la puerta de un orfanato a 520 kilómetros de Cape Town. Entré, me enamoré y decidí que ese sería mi lugar hasta el final de viaje. La decisión no fue tan rápida, pero el flechazo llegó de manera instantánea. Desde ese día ‘New Beginnings’ se ha convertido en MI hogar y Pinary, Simamkele, Kamvalethu, Jaistin, Deleny, Walter, Charlon, Chrristiano, Linamandla, Okuhle y Charlhot son once niños que ya forman parte de mi familia. No tengo manera alguna de devolverles todo lo que me dieron, me hicieron sentir la persona más afortunada y hoy me planteo a cada instante cómo es posible tanta injusticia.

Ellos no le preguntan a la vida por qué han tenido que vivir lo que han padecido con tan pocos años, tampoco se plantean por qué hay que hacer encaje de bolillos para comer algo distinto cada día o por qué los juguetes salen de su imaginación. Son todo corazón, regalan lo que tienen y luchan cada instante para seguir sonriendo. Es la enseñanza más bonita que la vida me ha ofrecida, una lección que te pueden contar pero que necesitas observar en una mirada como la suya para grabarla a fuego en tu interior. Espero que este examen no sea como los del colegio donde una vez pasada la prueba, la enseñanza vuela a la misma velocidad que el tiempo.

P.S.: Gracias a todos los que han hecho posible este bonito sueño del que tanto me ha costado despertar. Gracias, también, a todos los que lo rellenaron, pero sobre todo PERDÓN por desaparecer de vuestras vidas. Sólo me queda el consuelo de poder volver algún día y de pensar que nunca me iré de vuestros recuerdos como sé que vosotros no lo haréis de los míos.

Alberto Albarrán

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