Cuadernos de Viajes Solidarios. Brasil, Agosto(1)

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El avión que cogimos en Madrid nos llevaba al Brasil de la samba, el carnaval, las playas de arena fina y las caipirinhas. Pero en el aeropuerto de Rio de Janeiro nos esperaba una furgoneta que en media hora nos sacó de todo eso. Acompañados de Neuza, la Directora de CIACAC (Centro Integrado de Apoio a Crianças e Adolescentes de Comunidades), llegamos al lugar donde viviríamos las próximas tres semanas: Parada de Lucas, una de las más de 500 favelas (o “comunidades”, como sus habitantes las llaman) que tiene Rio. En este Brasil no encontramos, al menos hasta ahora, ni playas, ni bailarines de samba, ni carnaval. En lugar de eso, vivimos cerca de un río contaminado que funciona como cloaca para más de 40.000 habitantes, escuchamos funky (música nacida del corazón de las favelas), y el ritmo de las calles es llevado por los “bandidos” que caminan de un lado a otro cargados con armas de todos los tamaños mientras nosotros jugamos con los niños de CIACAC.

Las cometas que los niños colocan en el cielo por todo Brasil, en Parada de Lucas conviven con aviones y fuegos artificiales. El aeropuerto donde aterrizamos está muy cerca de aquí, y a cada poco se ven aviones que sobrevuelan las casas. La panza de las máquinas pasa tan cerca, que los niños que vuelan sus cometas tienen que retirarlas rápido del cielo para que no se las lleven por delante. Los fuegos también adornan las alturas, pero no siempre con la misma frecuencia. Hay veces que los petardos se escuchan durante todo el día; otras, ni una sola vez. La música que hacen tampoco es siempre la misma. Cada sonido es un código distinto que avisa a los “bandidos” del narcotráfico de los movimientos de la policía.

Todo esto nos impactó tanto, que se hace difícil escribir sobre nuestra vivencia sin que esta fotografía sea lo primero que nos venga a la cabeza.

La misión del microproyecto era, principalmente, montar una sala de informática nueva, ofrecer clases y formar futuros formadores. Ya existía en CIACAC una sala donde los niños podían acceder a algún ordenador, pero nuestro objetivo era restaurarla, equiparla, darle luz y hacer de ella un lugar más bonito. Después de pintar durante tres días, cerrar el techo del patio de CIACAC y rearmar la nueva sala de informática, hoy comenzaron a llegar niños, jóvenes e incluso señoras interesadas en las clases (no sólo de informática, también de español, guitarra, educación sexual, artes y juegos). Así fue como comenzamos a vivir este Brasil.

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