12 semanas en la Dinamarca rural

Se cumplen ya 12 semanas desde el vuelo de 3 horas que me trajo a la fría Dinamarca. A la siempre mojada Dinamarca. A la Dinamarca de cielos grises y campos verdes. A la siempre ejemplar Dinamarca, tanto por civismo, por honestidad, por igualdad, por desarrollo, por política y economía y hasta por el diseño. Al país del hygge, que no ha parado de sacarme sonrisas desde que llegué, a pesar de que dicen que tantas nubes tienen a la población deprimida.

Como todo en esta vida, mi nuevo hogar tiene sus pros y sus contras. Las primeras semanas me daba miedo no encontrar la comodidad en una familia de acogida extraña, sobre todo con la fama que tienen los daneses de ser fríos y estirados. Tenía miedo de que solo me vieran rarezas. Tenía miedo de no encontrar mi sitio en mi proyecto, de que el idioma fuera una barrera muy grande, del frío y de echar demasiado de menos mi vida de siempre. Pero con el tiempo las sensaciones van cambiando. Y como todavía no llevo mucho tiempo aquí, siguen cambiando cada día, me voy adaptando y voy aprendiendo. La vida en una familia de acogida es diferente, pero me siento tan afortunada de que esta familia decidiera recibirme que nunca sé cómo explicarles mi gratitud. No tienen nada de "típico de los daneses". Bueno sí, el sarcasmo y la honestidad para todo. Pero son abiertos, son cálidos, no paran de hacer locuras y la casa solo está en silencio cuando estoy yo sola.

 

Desde el principio me lo han ofrecido todo para que me sintiera cómoda lo más pronto posible, y lo siguen haciendo, a pesar de que hay cosas que les pueden resultar difíciles, como el tema de la comida, teniendo en cuenta que yo soy vegetariana y ellos muy, muy carnívoros.  Pero al mismo tiempo no tienen reparos en decirme las pequeñas cosas que se les pasan por la cabeza, para que todos estemos contentos en esta convivencia. Y creo que desde hace unas semanas puedo decir que soy una más de la familia. Mi hermano pequeño ya me llama søster, y me hace feliz. Por supuesto, me ven rarezas y me ponen caras raras, por ejemplo, cuando le pongo aceite de oliva a la ensalada o a las verduras. Dicen que se lo pongo a todo, que no es normal. Pero creo que ambas partes estamos aprendiendo mucho, y nos estamos beneficiando mutuamente.

En mi proyecto todo se me hacía raro en un principio. Trabajo en un colegio, con niños desde 5 hasta 16 años, y con estos últimos solo hay dos años de diferencia. Obviamente no soy profesora, acabo de terminar el instituto, pero es curioso como he pasado directamente del aula a la sala de profesores, en solo un año. El caso es que no entendía qué iba a hacer todo un año, porque al principio todo es nuevo y es muy guay tener a una joven de otro país como un intercambio cultural, pero un colegio tiene objetivos que cumplir y pautas que seguir, y yo no sabía cómo me iba a poder adaptar, qué iba a aportar una vez pasada la excitación inicial. Además, el problema del idioma, que no me había afectado hasta entonces porque aquí prácticamente todo el mundo habla un inglés casi perfecto, me dio en todas las narices con los niños, que todavía están aprendiendo, como resulta obvio.

 

Sentía que no podía comunicarme con ellos y esto me frustraba mucho, porque disfruto mucho pasando el tiempo con ellos, y sin poder hablar pierdes prácticamente todo la posibilidad de interacción. Sin embargo, ha acabado siendo uno de los lugares de dónde sale gran parte de mi felicidad diaria, porque a pesar de que sigue siendo muy complejo y muchas veces no puedo hacer más que mirar por no saber danés, veo como los niños intentan a diario comunicarse conmigo y mejorar su inglés (que es una de las razones principales por las que el colegio me quería allí), porque tienen curiosidad por mí, se sienten a gusto teniéndome en el colegio pasados ya estos dos meses, y se esfuerzan por establecer una relación. Me sacan al menos una sonrisa todos los días, de una manera o de otra, ya sea los más peques que vienen a abrazarme todas las mañanas, o los medianos que empiezan a invitarme a sus actividades (la semana que viene voy a cocinar galletas de Navidad). Yo por mi parte me estoy esforzando al máximo en mis clases de danés para poder, al menos, entender lo que me intenta decir los niños, aunque vea casi imposible el poder hablar. Pero supongo que me perdonarán - cuando tienes un idioma con nueve sonidos vocales diferentes, no puedes esperar que los extranjeros sean hablantes fluidos en menos de un año.

En definitiva, voy ayudando en todo lo que pueda en el colegio y aceptando todas las oportunidades que se me presentan para formar parte de él. Hace un mes participé en una obra de teatro con los niños de 11 y 12 años- y eso que soy vergonzosa - y ahora soy el ejemplo para los más mayores de que hay que perder un poco el miedo al ridículo para disfrutar al máximo. Con respecto al frío, sigue siendo uno de mis mayores temores, porque estando en Noviembre y todavía en otoño, la única ropa de abrigo de la que me traje que todavía no he utilizado son las camisetas térmicas, y he tenido que tirar ya de gorro, guantes, el abrigo para la nieve de mi padre y las medias debajo de los pantalones. No sé si sobreviviré al enero danés, por eso he decidido escribir este breve diario ahora. Y por último, sí, la vida en el hogar conocido y la rutina se echan de menos, pero es parte de salir de tu zona de confort y del aprendizaje de la vida.

No podría haber experimentado tantas cosas nuevas en estos dos meses si hubiera empezado la universidad como se esperaba de mí, como han hecho todos mis amigos ¡Hasta he salido en el periódico por primera vez en mi vida! Aunque los echo de menos a ellos, echo de menos a mi familia y sobre todo a mi perrita (y eso que tengo dos perros muy alegres rondando por la casa), puedo vivir con ello y no dejo que me impida disfrutar cada día, porque a estas alturas poco me puede hacer cambiar la sensación de que tomé la decisión correcta viniendo aquí. Y no sé por qué acabe precisamente aquí - supongo mucho azar y que le caí bien al director del colegio con mi carta de motivación-,  y admito que pensaba que mi sitio hubiera estado en un proyecto más relacionado con la naturaleza y los animales, pero la vida ocurre y te enseña lecciones, te enseña que te equivocabas y a veces lo hace de una forma tan bonita como esta.

En algo menos de un mes estaré de vuelta en Madrid para la Navidad, y aunque a muchos les puede parecer una mala idea, creo que necesito recargar ciertas baterías antes de continuar aquí. Curiosamente me da mucha rabia perderme la oportunidad de vivir la Navidad en Dinamarca, porque este podría ser el país de la Navidad de Pesadilla antes de Navidad, y algunas cosas que han organizado en el colegio justo el día que me voy, pero por lo menos estoy viviendo todos los preparativos, que empezaron a la vez que diciembre, y todo me parece muy cuco. No creo que fuera capaz de soportar tanta Navidad todos los años, pero verlo como una infiltrada me llena de ilusión, como cuando era niña.

Como conclusión diré que esa palabra sin traducción, hygge, que ahora se oye en todas partes, haciéndola perder su verdadero significado, describe muy bien a la sociedad danesa, por lo menos a la rural. Cuando llegué aquí, y fue igual para todos los voluntarios que he conocido, me sentía muy perdida entre toda la burocracia, cómo funcionan las cosas, el idioma...No paraba de decir que los daneses son muy daneses, inspirándome un poco en el presidente de España pero con un matiz distinto. Todo aquí está montado para ellos, y les funciona de maravilla. Tienen un sistema muy particular que les hace sentir seguros, y que solo se comprende una vez lo conoces y te acostumbras, ya que es necesario en el día a día. Y tiene sentido, porque hasta hace unos 5 años este, como los países nórdicos en general, era un país muy aislado y cerrado, solo abierto a la comunidad nórdica. Hoy sigo manteniendo esa afirmación, pero he de admitir que la gente cambia todo por completo. A lo mejor es solo porque son muy educados y correctos, pero te ayudan y facilitan todo lo que pueden. Intentan que te sientas cómodo, y en mi caso, teniendo en cuenta que mi estancia es por una temporada más bien larga, como en casa. A veces son pequeños detalles, a veces la ayuda es en cosas de gran importancia, pero lo hacen con buen espíritu, sonriéndote de corazón. Te acogen. Y claro, poder comunicarte en inglés en todas partes solo puede facilitárselo todo aún más a un extranjero. Quizá en unos meses solo piense en este sitio como mi segunda casa, pero ahora es mi hogar, y soy feliz así.

Amanda, voluntaria de SVE 

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