Microproyecto de Malí: Cuaderno de Bamákora, Día 5

Primer día en Kalassa Séyô madrugó esa mañana. Anoche se acostó tarde y con las primeras picaduras en los pies, de los mosquitos de la terraza, pero se encontraba tan bien que no le importaba. Después de desayunar empacó sus enseres para viajar a Kalassa. El paisaje era espectacular. Se dirigía al pie de unas montañas de piedra que desde Bamako se veían a lo lejos, sin pensar que la aldea se encontraba allí mismo.

A unos tres kilómetros después de Siby salió de la carretera no pudiendo imaginar lo que le esperaba: más de cien chiquillos sonriendo y de uniforme escolar, bailaban al son de los djembés, y cuando pasó el coche, la siguieron corriendo detrás hasta la sede de Malian Spirit. Bajó con todos a su alrededor disputándose cogerla de las manos, y la dirigieron a la aldea, para presentarle al Konaté (consejero). Los rítmicos djembés indicaban el camino. En la escuela conocieron al director y, casi sin darse cuenta, la metieron en medio de un colorido baile de recibimiento donde su emoción, nervios y timidez la impidieron, en un principio, bailar al ritmo. Pero en cuanto una anciana colocó un pañuelo sobre su cuello y vio cómo saltaba, se soltó sin prejuicios y se dejó llevar acompañada de las risas de todos.

Después de comer la llevaron a ver el jefe de la aldea, el Dougoutiguí, donde esperaban sus habitantes. Tras unos bailes frenéticos del Griot, el mediador de la aldea, algunas mujeres (incluida una con un niño a la espalda), otro hombre que se movía tan rápido como el diablo, intercambiaron regalos.

A Séyô le ofrecieron dos ovejas, y ella regaló un sombrero que el Dougoutiguí recibió con mucha alegría. Visitaron la aldea. Entre las cabañas vio el taller de costura, la herrería, la vaquería, el paritorio… Vio chiquillas machacando mijo, sacando agua de la bomba… Conoció el árbol de baobab, el de mango, el de karité. Las plantas de cacahuete, de mijo, de maíz. Volvió a la sede para recibir su primera clase de bambara con Nandi y Birama.  Mientras la noche y la tormenta que se acercaba hacían que el cielo cambiara a unos colores inimaginables, finalizando en una oscuridad total a las ocho de la tarde, los ruidos nocturnos de ranas, grillos y murciélagos gigantes, la acompañaron para dormir en su cabaña. Estaba en otro mundo.

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