Cuaderno de Bakámora: Día 4

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Alucinante, maravilloso, indescriptible, BRUTAL! Séyô estaba en la cama recordando o, mejor dicho, intentando recordar, todos los detalles del día, y no se le ocurrían más que adjetivos de admiración por lo que había descubierto ese día. Tuvo tiempo para comprase el vestido, las espectaculares telas y los regalos que entregaría al volver a casa, y para los niños de la aldea, con quienes compartiría las próximas semanas a partir del día siguiente. Fueron al centro, a distintos mercados. Al de tela y al de artesanía. Mandó postales a sus amigos y a su familia, y pasó el día y la tarde de compras y paseando por el barrio.

Recordaba los olores de la calle a especias, cacahuetes tostados, cloacas… imágenes de la vida diaria de Bamako, los puestos callejeros, los comerciantes, el endiablado tráfico, las motos (casi todas del mismo modelo), los rostros bellos de las malienses, guapísimas ellas con esbeltos y curvilíneos cuerpos resaltados con unos vestidos muy ajustados, con niños a la espalda y transportando grandes bultos sobre sus cabezas; ellos tan atractivos y musculados, con enormes sonrisas que transmiten sinceridad y cercanía.

Aún con cierto remordimiento por el exceso de consumo recordó que muchos hombres y niños llevaban las camisetas del Barça y del Madrid, y se perdonó haberse perdonado esos vestidos. Recordó los saltos de los niños, cantando cuando pasaba «tubabu, tubabu», y el fin del día en la sede, donde sus compañeros malienses le prepararon la cena en la terraza a la luz de una luna muy crecida y vestidos típicos.

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