Carmen Guerrero: «El SVE en Senegal me ha cambiado la perspectiva de vida»

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Cuando vi la oportunidad de EVS  en Senegal  me pareció un sueño, tenía todas mis ilusiones en ello.  Después de haber realizado cinco meses de mi EVS de una duración total de seis, lo califico como  una experiencia inolvidable que te cambia la perspectiva de la vida y te abre la mente. Aunque, por supuesto, debes de tener una personalidad abierta antes de solicitar el EVS.

Dos semanas después de  encontrar la oportunidad en internet, llegaba a suelo senegalés.  Mi primera impresión  en el aeropuerto de Dakar fue la de multitud de gente, caos y muchísimo calor. Ziguinchor es la ciudad más grande la región de la Casamance que se encuentra en el sur del país.
Hemos venido en la estación de lluvias, sin embargo, el calor no ha cesado.  En el mes de agosto ha llovido casi todos los días y con las inundaciones y la gran cantidad de basura de las calles, era toda una aventura ir al trabajo.

A mitad de mi estancia aquí cambié de familia para compartir habitación con las  otras dos voluntarias. La familia  de la presidenta de la asociación me acogió como una más. La casa está siempre llena de invitados  que se hospedan cierto tiempo en la casa, podemos llegar a ser más de 20 personas, nunca los mismos porque  la gente va y viene. A veces ni siquiera conoces quien está viviendo. He compartido la vida con la familia y convirtiéndome así en una senegalesa más,  compartiendo un gran plato en el suelo  compuesto habitualmente de arroz y pescado, reposándome del almuerzo con un té ataya,  lavándome con cubos,  lavando la ropa a mano, y reposándose bajo la sombra de un mango con toda la familia.  Aquí la importancia de la familia y el respeto a los más mayores es mucho más fuerte que en Europa.

La asociación Jeunesse en Action, Gno Far (en wolof estamos unidos) ha abierto con nuestra llegada. Está compuesta por tres miembros senegaleses y los  cinco voluntarios que empezamos el proyecto EVS  (ahora somos solo  tres:  una francesa, una italiana y yo)  Se nos ofrecieron muchísimas opciones de trabajo, total libertad para proponer actividades dentro de los campos que nos interesaban.  Al final, acabamos  centrándonos en los niños. Hay muchísimos niños por todos lados y es lo que más me gusta de Senegal. Les coges mucho cariño, y aunque es imposible acordarse de las caras y nombres de todos (ellos sí se acuerdan de ti), todos tienen un huequecito en mi corazón.  Como el proyecto se ha desarrollado en los meses de vacaciones,  los niños del barrio pasaban toda la mañana en la asociación. Cuando el año escolar comenzó, nos centramos en los niños talibés, que no van a la escuela.

En  la asociación contamos con una sala  que hace de biblioteca, sala  educativa, además de sala de ocio y juegos. Hemos dedicado la mayor parte de nuestro tiempo a trabajar con los niños que venían,  proponiendoles actividades. Venían muchos niños de diferentes edades, incluso los más pequeñitos cargados en las espaldas por sus hermanas. A veces la comunicación con los niños era difícil puesto que los más pequeños no hablaban francés  bien.  Los voluntarios comenzamos el curso de wolof que no llegamos a terminar.  Además del wolof, en la Casamance se hablan variedad de lenguas dependiendo de la etnia de la que procedas, predominando los diolas que hablan diola.
En la asociación, también contamos  con cursos concretos como alfabetización de francés a adultos, conversaciones de inglés para jóvenes, proposición de proyectos, actividades manuales,  etc… Yo he ofrecido curso de inglés nivel inicial para los niños que comienzan a aprender inglés en la escuela. Hubo mucho interés y motivación. También clases de español  que aunque no siendo la prioridad, tuvo buena aceptación por parte de los jóvenes.

También he propuesto un taller de danza, en el que  a través de esta se promueve el intercambio cultural africano-europeo así como se alienta a los niños a expresarse  a través de una de las señas de identidad de su cultura. Ha sido muy interesante también el trabajo sobre la improvisación y expresión corporal.  Los cursos fueron todo un éxito y  siempre estaba la sala abarrotada.
Aquí no puedes vivir en el anonimato. La gente, sobre todo los niños,  te ve por la calle y te grita: Bonjour toubab. En poco tiempo te haces conocido y todo el mundo te llama por tu nombre o por tu nombre senegalés.

La vida es tranquila. Los jóvenes de aquí tienen como actividad de ocio beber el té en la calle, pero no existen cafeterías como nosotros las concebimos para quedar. Normalmente, juegas al parchís en casa, das un paseo o vas al mercado. Existen restaurantes y piscina pero no vamos porque cuestan mucho  dinero. La playa no queda muy lejos de Ziguinchor. Los fines de semana estás libre para ir o hacer excursiones por  la región.  Por la noche hay bares con fiesta senegalesa  y discotecas  como en Europa.  ¡Aquí todo el mundo baila y tú también tendrás que  bailar!

No quiero volver, aunque la vida aquí sea diferente a la vez que difícil. Pero con facilidad de adaptación y voluntad y el acogimiento senegalés, te encuentras como en casa. Una cosa a la que no me acostumbraré será a las picaduras de mosquito que ni el más potente de los sprays antimosquitos logra combatir. No quiero volver a meterme el spray nunca  más pero en la maleta de vuelta llevaré la alegría de los niños,  la sencillez de su gente, el respeto a los otros  y la danza senegalesa.

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